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miércoles, 15 de febrero de 2012

UNA LECTURA DE GUITARRA NEGRA / Luis Alberto Spinetta


Jorge Hardmeier


POESÍA: UNA LECTURA DE GUITARRA NEGRA / Luis Alberto Spinetta

ARREMETE, VIAJERO

Toda mi vida resbala en seis cuerdas

                sube y se tira de nuevo hacia arriba
                mientras afuera los niños nos guían
             llevan el mundo hacia el otro lado.
            (La luz de la manzana, Luis A. Spinetta)

En 1978 Luis Alberto Spinetta ya había armado – y dado fin – a tres bandas fundamentales dentro de la música argentina: Almendra, Pescado Rabioso e Invisible. Más allá del aspecto musical, algo distinguía al cantante de esos tres grupos: las letras de sus canciones, muchas de ellas inspiradas en lecturas tales como Antonin Artaud, las cartas de Van Gogh a su hermano Theo, Carl Gustav Jung o Castaneda. En ese 1978, Spinetta publicó su único libro de poemas hasta la fecha: “Guitarra Negra”, editado por “Ediciones Tres Tiempos”.

TODO O NADA
No me espera un mundo / de tumbas / sino un modo de viajar (Flecha zen, “Fuego gris”)

¡No tengo más Dios!, cantaba, desgarrado, Luis Alberto Spinetta en la canción Cristálida (“Pescado 2”, Pescado Rabioso, 1973). Exactamente dos décadas después, casi en un susurro, en Verde bosque (“Fuego Gris”, Spinetta, 1993): Han vaciado el mundo / pronto nena, llena el hueco / inventa un Dios. Pérdida y luego ausencia de Dios. Vacío. Necesidad de la existencia de Dios. El Todo y la Nada. La totalidad y el vacío. ¿Cuál es el Dios de Luis Alberto Spinetta? Está claro lo que no es: el dios judeocristiano, el dios barbado sentado sobre una nube, en el cielo, que juzga a los hombres. No es un dios en el olimpo, ser supremo, que observa, desde un lugar de superioridad, su creación. No es ese Dios ínfimo a quien desafía Spinetta en Cementerio Club (“Artaud”, Pescado Rabioso, 1973): Qué le dio al pequeño Dios el cetro gris / del abismo. Dios parece ser, en “Guitarra Negra” – y en toda la obra de este músico poeta – la totalidad: Dios es todo, pero no en el sentido católico: Dios ve todo, sabe todo, te juzgará. Dios es la totalidad del universo: Dios es todo, está en todo y cada ser que forma parte de la creación – un hombre, una piedra, un ave, un amanecer – contiene en sí esa totalidad. Es un momento para pensar en Dios / (comprender que somos parte de una / totalidad que nos contiene). Dios es la totalidad que se manifiesta a partir de cada uno de los seres que la conforman: Es una flor transparente / murmurada por su pétalos / y vociferada por su tallo. Cada ser habla a partir de sí de esa totalidad que Spinetta llama, en “Guitarra Negra”, Dios. Ese todo, ese Dios, será nombrado como vida, luz, naturaleza: Madre eterna, tu creación es serena / es la seda que el tiempo no corrompe. Dios: la vida en su continuo y eterno suceder. Dios: espacio y tiempo. Tiempo eterno: madre eterna, el fluir de la vida que nos contiene. Totalidad del espacio: cielo es el punto al que nuestra vista identifica / más velozmente, por cubrirlo todo. Dios es la totalidad en el tiempo y en el espacio: es la conexión individual con esa totalidad. Es el de Spinetta, entonces, un Dios personal, íntimo. Quiero un Dios individual. Quiero mi Olimpo propio, mis poderes propios y no la alineación. La alineación sería aceptar una represión del tipo religioso o la inoculación del poder religioso en la vida social, le comentó a Eduardo Berti, en conversaciones registradas en el libro “Crónica e iluminaciones”. Dios se aleja, se vacía, se reconstruye. Inventa un Dios, le pide a la nena de Verde bosque. Inventar una búsqueda de ese absoluto, de ese Todo que hemos, tal vez, perdido. Buscar la eternidad: Dios es un mundo en el que el amor / es la eternidad que uno busca. (Dios de la adolescencia, “Durazno sangrando”, Invisible, 1975). Somos una espiga distante que sueña con el eterno trigal y lo busca. Si el cielo es todo lo que se ve, la totalidad, horizonte y absoluto al que el ser aspira, el vacío no se ve, está en todo el vacío del mundo. El todo – cielo resulta el viaje eterno en la búsqueda del absoluto. El vacío, muerte absoluta, es lo que hay que abandonar: llena el hueco, inventa un Dios. Inventa una forma de viaje hacia la eternidad. Esta búsqueda de la totalidad se apropia de los cuerpos, de las formas - sin distinciones químicas o de conformación molecular – perecederas.

ALBERGUE TRANSITORIO
                Los puentes del cuerpo silbaron en vos (Y tu amor es una vieja medalla, “Kamikaze”)

“Guitarra negra” se presenta como un deseo: ser eterno. Llegar al absoluto. Conocer a Dios. Viajar. Quiero crecer hasta que mi alma siga viajando, dijo Spinetta en un reportaje, allá por 1977. Spinetta cree en esa totalidad ahora llamada  Madre Eterna, o luz. Cree en ese todo, infinito y eterno. También el alma del hombre es eterna. Alma o viento, corazón, luz, como la denomina alternativamente en “Guitarra negra”: Y el silbido de mi viento interno, eterno viento. El alma viaja, tiende hacia esa totalidad. ¿No volverías a triunfar en tu alma? / Yo sé que harías largos viajes por llegar. (Los libros de la buena memoria, “El Jardín de los presentes”, Invisible, 1976). El viaje puede ser largo. O: lo importante es el viaje del alma, del viento, hacia ese horizonte. Lo que se desprende de la poesía de Spinetta es una certidumbre: Era eterno mi corazón / eterna mi dicha.  Tenemos, también, un cuerpo. Problemas. Y en relación a este tema, hagamos algunas referencias discográficas antes de remitirnos a “Guitarra negra”: Descubrir que sólo somos formas (Cielo invertido, “Don Lucero”, Spinetta, 1989), Siendo mi cuerpo un mero cubo (Lejísimo; “Tester de violencia”, Spinetta, 1988), Si quiero me toco el alma / pues mi carne ya no es nada (Barro tal vez, “Kamikaze”, Spinetta, 1982). La lista podría continuar. El cuerpo es un problema. El cuerpo es forma, materia, reunión de átomos. El cuerpo es carne: corrompible, finita, mortal. Ese cuerpo, el del hombre, el del poeta, es una mera forma en la que se instala el viento, la luz, el alma. Cuerpo: posada transitoria de la eternidad, lugar donde la luz, el alma se proyectan.  Esto no lo exime de responsabilidades: el cuerpo es un instrumento, a partir del cual el espíritu habla: El secreto del árbol / consiste en proyectar la luz / la luz de los rayos del cosmos. Ahora, en el viaje sucede algo nuevo: los cuerpos son traspasados por esa luz, la albergan durante un tiempo finito, cesan, y el viaje prosigue: Tomen del cuerpo del que corría, su viento. Luego: viajes de pasar a través del cuerpo. El cuerpo es un instrumento en el deslizamiento del alma hacia esa totalidad – cielo, que se vacía y se reconstruye cíclicamente: es que tengo que salir a volar / hacia un nuevo cielo / y me voy de mi cuerpo (Díganle, “Madre en Años Luz”, Spinetta Jade, 1984). El cuerpo se degradará, finalizará su ciclo material con la muerte: ya no será forma. Pero el viaje de esa luz que lo ha traspasado, esa luz o viento a la cual el cuerpo, cuerpo sin brillo, ha cobijado durante un lapso de tiempo, continúa. Viaje: viajes de pasar a través del coral del cuerpo. El viaje del espíritu sigue. El cuerpo está condenado a la química de las formas. La boca cansada de cantar por el cuerpo promete silencio. Silencio del cuerpo que ha cantado a partir del alma a la que ha dado guarida. Lo deben haber escuchado: Quien canta es tu carozo / pues tu cuerpo al fin tiene un alma. (Durazno sangrando; “Durazno Sangrando”, Invisible, 1975).

MUERTE, ¿QUÉ MUERTE?
Quizás sea tiempo de morir por ahora / para revivir y así aprender a dar luz (Perdido en ti, “Los ojos”, 1999)

Y este cuerpo ya se acorta / pero no mi fe, canta Spinetta en Águila de trueno (“Kamikaze”, Spinetta, 1982). Idea coherente con la expresada en “Guitarra negra”: el cuerpo, ya hemos dicho, perecerá. El viaje del alma está compuesto por muertes parciales y renacimientos. No hay fe en un cielo de crepúsculos cerrados. Los crepúsculos – muertes son parciales. Siempre sobrevendrá un renacer. Y hay fe: Spinetta – poeta tiene fe: la fe no se acorta. No hay finalizaciones en el viaje del alma, viento eterno. La muerte no existe. El alma no muere: las sucesivas muertes de mi alma / alma de jarrón. El alma es móvil. Se desliza. Viaja. La muerte, el modo único de la muerte, sería la quietud, el no transformarse. Pero aquel inmutable ser propulsado / aquella fascinada proyección / escapada de la placidez de la muerte.  Cuando algo – un cuerpo – muere, la luz se trasladará a otras formas, como en el poema “Más peligroso que ...”: un mono asesina a otros catorce simios y luego al poeta. ¿Para qué? Mientras moría / vi renacer a los simios / recobraban la vida rápidamente. Metamorfosis. Vida ondulante. Corporizaciones de la luz. Movilidad del alma. Viento. Mutaciones. Soy tan frágil que tengo, como vos / que transformarme.  No hay fin para el alma: el viento seguirá soplando. El hombre tiene un ¿privilegio? con respecto al resto de las formas: sabe. Es capaz de razonar o de intuir la finitud de su vida como cuerpo. Antes de saber que era una piedra / ese señor ya había desaparecido (...) El hombre regresa, (...) y desapareció la piedra / sin haber sabido que fue un hombre. La luz pasa, atraviesa el cuerpo. El viaje sigue: traspasó la luz un germen (...) / luego recobró su paso. O: Sueña y sigue / y viaja que la luz no lleva miedo. (Viaje y epílogo, “Bajo Belgrano”, Spinetta Jade, 1994)

TODAS LAS COSAS TIENEN MOVIMIENTO
Un guerrero no detiene jamás su marcha (Dale Gracias, “Alma de diamante”)

Cuando esta cabeza sea atravesada por el sol / la misma vida ondulante / sentirá estremecer su cráneo. O, en otra parte: consigue exhalar la muerte, deslizándote. La vida es peregrinaje Y si el peregrinaje desata el espíritu, lo que lo ata es la quietud, la inmovilidad, por eso las almas repudian todo encierro (Cantata de puentes amarillos; “Artaud”; Pescado Rabioso, 1973). Y en el peregrinar  el cuerpo obstaculiza el tránsito: Dieciséis muelas / adosadas / en una boca estanque.  El cuerpo, y ese es el punto, debe utilizar su materia, libremente, para que el viaje del viento, luz, alma, continúe. El hombre es una figura de mármol que adquiere movimiento. Si la movilidad está en el viaje de la luz, en la libertad, la quietud anida – para el Spinetta de “Guitarra negra” y para Spinetta – en los mandatos sociales, en las religiones instituidas, en los organismos represores del alma y del cuerpo. En una palabra: en el poder que se manifiesta a través del encierro de aquellos que escapan a sus mandatos. Sólo mientras haya ley, habrá castigo (Arrecife, “La la la”, 1986). Encierro y manipulación de los cuerpos en cárceles, manicomios, hospitales. La temible multitud acorrala a los espíritus viajeros. La masa gris es el poder paralizando a las almas, almas acorraladas y absurdas, y a los cuerpos, en una bastarda peregrinación cuya objetivo es la inmovilidad. ¿Quiénes son los que escapan y a la vez sufren esos mandatos sociales? A ellos dedica Spinetta algunos poemas de “Guitarra negra”. Los músicos, los poetas, la mujer, los locos: Los locos corren (...) y los locos corren sin temor al mareo. Los locos se movilizan. Los locos escapan de la quietud enemiga de la vida: los locos se precipitan / a paralizar el mundo de la muerte. Los locos paralizarán la quietud. La quietud que es la muerte. Y el viento, la vida, debe correr. Los locos lo saben.

EL JARDÍN DE LOS PRESENTES
Y deberás plantar / y ver así a la flor nacer (Quedándote o yéndote, “Kamikaze”)

“Guitarra negra”, gran metáfora vegetal. No es extraña la imagen, en un artista como Luis Alberto Spinetta. Las letras de sus canciones han abordado, varias veces, el simbolismo de las plantas. Desde la muy difundida Todas las hojas son del viento podemos enumerar una larga lista: Durazno sangrando, Amarilla flor o Jardín de gente, entre otras. En “Escorias diferenciales del alma de la letra poética”, apartado final de “Guitarra negra”, leemos: Es inmensa la concentración de las plantas, el increíble pensamiento de aquella raza callada bajo la lluvia. La metáfora de las plantas se corresponde con la idea de energía de la vida: Ciclo de vida que en forma continua se renueva, más allá de la individualidad de las formas. Cada hoja, cada pétalo, cada flor muere pero retorna, diferente aunque, sin embargo, igual al sí mismo que lo precedió. Pero no sufro / ya que todo retorna. Las plantas están calladas, bajo la lluvia. ¿Han alcanzado el estado que el hombre busca en su viaje? ¿Han escapado del encierro de la forma? ¿Han dejado ya de cantar? ¿Es por eso que callan, que ya no necesitan de la palabra, pues han logrado un estado de concentración y plenitud total? La boca cansada de cantar por el cuerpo promete un silencio. Las plantas han logrado el silencio que buscamos en el eterno viaje. Como lo vegetal es el estado de concentración buscado por el poeta, todas las ideas de “Guitarra Negra” tienen su paralelo botánico. Dios es una flor transparente, murmurada por sus pétalos, las formas: hombres, animales, piedras, planetas. El cuerpo del hombre es una forma: Yo nací como pato salvaje / pero era sólo consumación de brotes. Una forma con la misión de dar continuidad a la energía de la vida: el secreto del árbol consiste en proyectar la luz. Y la vida es viaje, aproximación siempre constante y nunca lograda a la eternidad: yo sueño con el eterno trigal, dice el poeta.  El viaje sigue, el viaje del alma hacia el trigal eterno.

TOMO LA PALABRA
Veo, veo, las palabras nunca son lo mejor para estar desnudos (Las habladurías del mundo, “Artaud”)

¿Qué lugar ocupa la palabra en Guitarra Negra? Lo dice claramente: Palabra es la cara de la voz y es el sitio intermedio / entre el cuerpo y el cielo. Palabra, entonces: puente entre nuestro cuerpo, perecedero y finito, y la eternidad, la totalidad, Dios. Tarea enorme la de la palabra: comunicarnos o tender un puente hacia el Todo. Por supuesto, la palabra no logrará la comunicación con la eternidad. La palabra poética tiene la particularidad de ser un híbrido entre la luz y la materia. Palabra como encuentro de la eternidad del espíritu y la precariedad de las formas. Poesía que sangra / dice denuncias de ese absoluto Dios Poético / Dios de la miserable porción de infinito entre estas palabras y las que vendrán. Palabra: acercamiento y límite. Llegar al Todo sería, para la palabra, alcanzar el estado de los vegetales: estar callada. La palabra tiende al silencio pero debe hablar para continuar el viaje hacia él. Llegar al Todo sería el silencio de la boca cansada de cantar. El viaje sigue. Este verdadero poema / no ha sido resuelto aún / pero quiere vivir bajo su forma (…) / creo poder transmitir apenas un mote de su espíritu / y en ello dejo buena parte de mis comisuras. El poema es cuerpo: es forma. Es traspasado por el espíritu del cual es vehículo. No será resuelto nunca. Tiende hacia su resolución que conllevaría el silencio. Poeta: viajante de la palabra. Palabra: búsqueda del silencio, de lo que hay que acallar. Silencio imposible. Límite de la palabra. Hasta el silencio imposible el viaje de la palabra, siempre, en forma incesante. Búsqueda del silencio que representaría el encuentro con la totalidad. La advertencia inicial de “Guitarra negra” se torna, entonces, en algo más que un deseo: propongo que se olvide cada palabra a medida que ella se lea. Ansias de silencio, de callar a la boca que habla, palabra tras palabra. Es, quizás, lo que deseamos ser: socios del silencio.










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